Padre Virgen y El Arregla Chicas 2

Si todos los demonios que están aquí tomaran forma corpórea, ¡ellos taparían la luz del sol!” Padre Pio

Jaquemate por el alma

Después de la misa negra, la vida complicada de Richard/Rita empeoró progresivamente. El cambio era obvio para cualquiera que lo conociera. Dejó de vestirse de mujer, usando ropa de hombre casi exclusivamente, pero para las personas que lo conocían por primera vez, era difícil decir si era hombre o mujer. Entonces, comenzó a tener ataques extraños que lo dominaban. Su habla se hizo terriblemente lento, entremezclado con muecas, gruñidos, resoplidos y risas. Después de unos meses, se convirtieron en algo cotidiano.

Su ya limitada capacidad para comunicarse con los demás empeoró. Cualquier conversación con él era como hablar en un agujero negro. Cuando hablaba parecía que estaba muy lejano, desconectado e impersonal. Aunque sus respuestas eran a menudo pertinentes e incluso inteligentes, sus compañeros de trabajo sentían que en realidad nunca las veía ni las escuchaba. Bajo las horas normales de posesión, es decir, cuando el demonio no se manifestaba, todas sus rarezas desaparecían, y él era tan tranquilo y agradable como siempre.

En un principio, parecía afectarle solo a él, pero con el tiempo empezó a afectar también a otros. Adquirió un olor peculiar que impregnaba todo. Su ropa, su casa, su coche, su oficina, incluso sus cartas manuscritas quedaban penetradas. Algunos lo describieron como almizclado o como un perfume viejo, mientras que otros lo encontraron bastante repulsivo. Poco a poco, la gente comenzó a evitarlo, algunos por incomodidad, otros por miedo. La conexión que Richard/Rita había anhelado tanto era más que imposible.

Lo que finalmente llevó a su despido del trabajo fue algo que ocurría solo cuando él estaba presente. Se creaba confusión, mala comunicación y estallaban peleas sin razón aparente. Si alguien estuviera escribiendo algo, decían lo contrario de lo que pretendían o puras tonterías. El efecto tocaba a cualquier persona dentro de su proximidad, por más breve que fuera. Incluso aquellos que no tenían contacto directo con él en absoluto eran afectados. Los disturbios se volvieron tan inquietantes que su jefe le pidió que ya no regresara..

Hacía mucho tiempo que la familia de Richard/Rita había aprendido a adaptarse a sus cambios continuos. Esta vez, sin embargo, sus hermanos Bert y Jasper estaban convencidos de que algo estaba terriblemente mal. Después de pasar un fin de semana con él, vieron de primera mano su inexplicable comportamiento. Lo llevaron a ver a un psiquiatra, pero éste no encontró nada médica o psicológicamente anormal. En su opinión, Richard/Rita había sido víctima de prejuicios porque era un transexual y le recomendó que demandara a su jefe.

Entonces, los hermanos fueron a hablar con un pastor luterano y luego un rabino, pero ninguno pudo ser de ayuda. Fue por sugerencia de un amigo que decidieron ver a un sacerdote católico. Fueron presentados al padre Gerald, un hombre de mediana edad conocido por su sentido común. Después de revisar los informes médicos y psicológicos, se reunió con Richard/Rita, quien estuvo de acuerdo en someterse a más pruebas con médicos y psicólogos elegidos por el sacerdote. Una vez más, los resultados no revelaron anormalidades, confirmando que los problemas de Richard/Rita no podían resolverse a través de la medicina ni la psiquiatría. Necesitaba un exorcismo.

No había exorcistas en la diócesis local, así que, sin experiencia previa, Gerald decidió realizar el exorcismo él mismo. Para prepararse, visitó varias veces a un exorcista dominicano retirado, quien le explicó las muchas trampas que podrían surgir durante el ritual. El hombre le advirtió que nunca entrara en argumentos lógicos con el espíritu maligno y, lo más importante, que no tomara el lugar de Jesús, explicando que solo en el nombre de Cristo podría ser expulsado un espíritu maligno. En la última visita, el dominicano le preguntó si era virgen. Gerald confirmó que lo era y le preguntó por qué importaba. El exorcista respondió que probablemente no importaba, pero él creía que sufriría más por ello.

El día del exorcismo, Gerald llegó con un joven padre como su asistente, llevó un crucifijo, agua bendita y el libro oficial de rito. Ambos sacerdotes llevaban sus vestimentas ceremoniales. Para ayudar con Richard/Rita estaban presentes Bert, Jasper, y otros tres hombres, además de un médico para monitorear su condición. Siguiendo el consejo del dominicano, habían llevado una camilla, por si acaso. Aunque nadie lo sabía, no sería Richard/Rita quien la necesitaría.

Cuando todo estaba listo, el grupo se reunió en el dormitorio, la misma habitación donde Richard/Rita había atacado a Moira en su noche de bodas. Su renuencia a entrar en es cuarto convenció a Gerald de que ese era precisamente el lugar donde debía llevarse a cabo el exorcismo. Richard/Rita se arrodilló en el piso, Gerald se paró delante de él, y los demás formando un círculo alrededor de ambos. El ritual comenzó con una oración al Espíritu Santo, que todos los presentes repitieron.

Acto seguido, Gerald empezó a leer la primera oración del libro ritual. De repente, Richard/Rita interrumpió, diciendo que todo lo que realmente necesitaba era unas oraciones breves, bendiciones y buenos deseos. Esa mañana, se miraba muy femenino, y su comportamiento era tan tranquilo y ordinario que todos comenzaron a preguntarse si estaban cometiendo un terrible error. Incluso Gerald se cuestionó a sí mismo, pero necesitaba estar seguro, así que le pidió a Richard/Rita que le entregara el crucifijo que estaba en la mesa junto a él.

Al instante, la atmósfera cambió. Todos en la habitación sintieron una presencia oscura y pesada sobre ellos. Cuando Richard/Rita habló por primera vez con el Padre Gerald, sostuvo el crucifijo en sus manos y juró que quería estar bien con Dios. Ahora, solo lloraba con profunda tristeza y dolor. Gerald se lo pidió de nuevo, y cuando no hubo respuesta, reanudó la oración. Pero en el momento en que dijo el nombre de Jesús, el llanto se detuvo. Cuando Richard/Rita volteó a ver a Gerald, su rostro estaba retorcido con odio, disgusto y miedo. “Llévate a tu Jesús, tu sucio crucifijo, tu apestosa agua bendita y tu, sacerdote marchitado, ¡vete de mi casa!”

Dirigiéndose a su hermano, Richard/Rita le suplicó que los obligara a todos a irse, y salvarlo del “pésimo sacerdote católico y sus trucos”. Bert quiso acercarse a su hermano menor, pero Gerald se lo impidió. “Soy una mujer. Estoy feliz de ser una mujer. Soy tan mujer como tu esposa, como nuestra madre”. Richard/Rita ofreció demostrarle, bajó sus pantalones y le dijo a su hermano: “¡Mírame, tócame! Luego dijo algo que hizo que Bert retrocediera, pálido.” ¿Recuerdas cuando solíamos masturbarnos juntos en la cama cuando éramos niños? Ayúdame, Bert. ¡Seré tuya si lo haces!”

Richard/Rita se acostó en el piso con las piernas separadas y las manos en la ingle. Sus ojos estaban cerrados, pero su boca se movía como si hablara sin sonido. De repente, una voz áspera, ni masculina ni femenina, salió de su boca. Le dijo al padre Gerald que sabía que él era virgen y le preguntó con qué podía saber él acerca de una mujer o un hombre. Inseguro si era Richard/Rita o un espíritu demoníaco hablando, Gerald exigió que le dijera su nombre. La respuesta fue: “Soy Rita, una mujer ordinaria.”

La lucha continuó hasta las primeras horas de la mañana siguiente. El exorcista inexperto parecía no poder avanzar, pero el fracaso era impensable. Entonces, Gerald tocó la obsesión que lo había abierto a un espíritu demoníaco. Le dijo a Richard/Rita que nunca podría tener una verdadera relación como mujer, Explicó que el amor entre un hombre y una mujer no era una cuestión física, de poder o superioridad, sino más bien un reflejo de la belleza de Dios.

 Una vez más, Richard/Rita le dijo que lo dejara solo, él y su Dios. Gerald, seguro de que ya estaba hablando directamente con el espíritu maligno, le dijo que no era ni Richard ni Rita.  El verdadero Richard amaba a Dios. Le ordenó al demonio dejar sus mentiras y enfrentarlo. Richard/Rita se puso en posición fetal, su cuerpo brincando por espasmos. Los asistentes trataron de enderezarlo, pero estaba totalmente inmóvil. De repente, el papel tapiz fue arrancado de la pared por manos invisibles, y las ventanas comenzaron a vibrar violentamente.

Richard/Rita comenzó a gritar, llenando a todos en la habitación con miedo y una sensación de peligro. El padre Gerald les dijo a todos que se quedaran tranquilos. Luego le dijo a Richard/Rita que resistiera. La voz demoníaca contestó: “No sabes en lo que te estás metiendo. No puedes pagar el precio.” Gerald cometió un terrible error en su respuesta. Él dijo, “Como Jesús, nuestro Señor soportó el sufrimiento, así que estoy dispuesto a soportar lo que cuesta expulsarte y enviarte de vuelta al lugar de dónde vienes.” Había caído en la trampa. Al ofrecer sacrificarse por voluntad propia, había tomado el lugar de Jesús, tal como el exorcista retirado le había advertido que no lo hiciera.

Fue arrojado al otro lado de la habitación y golpeado contra una pared. Toda su vida había sido bendecidamente inmune hasta ese momento. Nunca había sentido dolor ni pesar, debilidad ni culpa. Sus compañeros sacerdotes lo admiraban por su firmeza. Nadie, ni siquiera Gerald, se daba cuenta de que había sido un siervo fiel principalmente porque nunca había enfrentado ningún tipo de desafío o adversidad.  Ese sentido de inmunidad, que había sido una fuente de orgullo, fue destruido en un instante por un ataque brutal.

Richard/Rita miraba hacia arriba, su boca abierta, mostrando los dientes, y la lengua de fuera. Se rio con odio despectivo. Antes de que Gerald supiera lo que estaba pasando, dos garras se hundieron en cada lado de su estómago, arrancándole la ropa ceremonial. Luego, una garra se hundió en su recto, mientras que la otra agarró, retorció y jaló sus genitales. Richard/Rita reía y vitoreaba, mientras que los demás miraban con horror como el sacerdote estaba siendo destrozado por algún atacante invisible. El ruido era insoportable. Los gritos de dolor intenso de Gerald y la risa de Richard/Rita eran ensordecedores.

El ataque no duró más que unos segundos, pero el daño fue severo. Las garras invisibles lo habían cortado como cuchillos. Por un breve momento, la habitación se quedó en silencio antes de que los demás empezaron a reaccionar. Los hermanos de Richard/Rita le ataron las manos, mientras que otros dos llevaron a Gerald al hospital. El doctor que estaba presente para atender a Richard/Rita, ayudó a colocar a Gerald en la camilla y lo llevaron al hospital. Tardó un mes y medio en recuperarse.

La decisión de Gerald de terminar el exorcismo encontró gran oposición. Sus lesiones físicas habían sido graves y había desarrollado una afección cardíaca. El párroco le pidió al Dr. Hammond, el mismo psiquiatra que había atendido q Richard/Rita por petición de Gerald. Tras consultar con sus colegas, el psiquiatra determinó que Gerald estaba traumatizado y que, al no tener experiencia sexual, había provocado de alguna manera un estado de alienación en Richard/Rita, quien, según creían, podría beneficiarse de la psicoterapia.

Finalmente, Gerald, el pastor, y el Dr. Hammond llegaron a un acuerdo. El exorcismo continuaría, pero tanto el psiquiatra como el médico estarían presentes. Si cualquiera de los dos lo considerara necesario, tendría que detenerse inmediatamente, y el exorcismo tendría que ser completado en dos días. No obstante, Gerald permanecería en control durante del rito, con el Dr. Hammond sirviendo como uno de sus asistentes, Hubo algunas condiciones menores adicionales, pero en general, Gerald estaba satisfecho con el arreglo.

Reanudó exactamente dónde lo había dejado. Sabía que su intento anterior de separar la identidad del espíritu maligno de Richard/Rita había desencadenado el ataque violento. Esta vez, sin embargo, tendría más cuidado y seguiría el ritual oficial. Tendría en cuenta que su papel era simbólico y el cuidado de no llamar la atención hacía él mismo. Cuando llegó el día, el Dr. Hammond llevó a Gerald a la casa de Richard/Rita, donde los mismos asistentes ya estaban esperando.

Comenzó ordenando al espíritu maligno que revelara su nombre y contestara sus preguntas. La entidad respondió atacando los sentidos de todos en la habitación, sobre todo a Gerald. Una presión violenta se acumulaba en sus oídos hasta que su cabeza latía de dolor y un olor nauseabundo llenaba su nariz. Sintió que las costras de sus heridas se abrieron y empezaron a sangrar. Pero, aunque el dolor era terrible, él persistió. Después de un rato, el demonio finalmente dijo su nombre: El Arregla-Chicas. “Arreglamos todo tipo de chicas, jóvenes, viejas, casadas, solteras, lesbianas, castradas, chicas que quieren ser arregladas. Las que quieren ser arregladas como chicas. Cualquiera.”

 “¿Cuántos son?”, preguntó Gerald. El demonio respondió: “Millones, si cuentas las voluntades y las mentes. Infinitos, si pesas el odio viviente.” Al decir esto, el demonio no se estaba refiriendo solo a Richard/Rita, sino a todos aquellos atacados, obsesionados, oprimidos y poseídos por espíritus malignos. Todo esto se hacía en servicio a lo que llamó el Atrevido (Satanás), por odio hacia el Enemigo Supremo, (Dios), para la degradación de la humanidad y la desfiguración del amor y la belleza.

El efecto sobre todos en la habitación, excepto el psiquiatra, fue insoportable, pero especialmente para Richard/Rita y Gerald. No obstante, continuó y le exigió al espíritu maligno que explicara que “arreglaba” y cómo. “Mientras les hagamos pensar que la caja es todo, los arreglamos. Si llegan a pensar que la caja es ser mujer, entonces la mujer es una caja… el mayor insulto al Alto Enemigo.” Gerald luego exigió saber por qué el Arregla-Chicas tomó a Richard/Rita en esclavitud y cómo había llegado a ser poseído.

La respuesta vino: “Rita fue nuestra presa, nuestro alma. Rita eligió ser una caja. Ser mujer es ser completamente independiente, sin culpa, no masculina, no femenina, completa en sí misma, andrógina, libre de todo sentimiento de culpa, de toda responsabilidad hacia un hombre. Biológico. Ser liberado.” Gerald preguntó, “¿En qué momento Richard/Rita se entregó a la posesión?” El demonio respondió: “En la nieve, en el viento. Sabíamos entonces que podríamos encontrar un lugar en él, doblarlo a nuestra voluntad. Pero él nos había invitado años antes.” Eso era todo lo que Gerald necesitaba saber. Procedió a expulsar al demonio en el nombre de Jesús y del Espíritu Santo.

Antes de que Gerald pudiera completar el exorcismo, el Dr. Hammond se adelantó, interrumpiendo el ritual. Se colocó al lado de Richard/Rita y le dijo que mantuviera la calma y respondiera sus preguntas. Le aseguró que despertaría después, como si hubiera estado en un trance y no bajo el ataque de un demonio. El padre Gerald le advirtió que permaneciera en silencio por su propio bien, pero el psiquiatra ignoró la advertencia. Hammond era ateo. No creía ni en Dios ni el diablo. Estaba seguro de que se trataba de un problema psicológico, con nada sobrenatural involucrado. Pronto descubrió lo equivocado que estaba.

Hasta ese momento, Hammond no había sido afectado de la misma manera que los otros, tal vez porque, como ateo, era en cierto sentido un aliado del demonio. Pero entonces cometió el mismo error que el padre Gerald, aunque en este caso fue impulsado más por la arrogancia que por el orgullo. De repente, la presión aplastante que había atormentado a todos los demás se levantó. Luego, hubo un momento de silencio siniestro y sofocante. Entonces comenzaron los gritos: una multitud de voces torturadas, gruñidos, silbidos y chillidos, cada vez más fuerte hasta que el dolor era insoportable, incluso para el Dr. Hammond.

Fue solo entonces que el doctor entendió que estaba presenciando algo más allá de su comprensión clínica, y lo llenó de miedo. Por encima del estruendo, un grito desgarrador de una mujer atravesó la habitación, subiendo y desvaneciéndose, para luego elevarse aún más alto. Todos se doblaron de dolor. El Dr. Hammond se deslizó al suelo, inmovilizado. El médico percató que Richard/Rita tenía los labios azules, pero que aun así intentaba hablar. Fue entonces cuando Gerald dio su orden final.

En el nombre de Jesús, se te ordena dejar a esta criatura de Dios. Saldrás de Rita y la dejarás entera.” Richard/Rita echó un grito penetrante. “Nos vamos, sacerdote. Nos vamos en odio, pero la llevaremos con nosotros. Ya tenemos su alma. Es nuestra. Él hace nuestro trabajo. No necesita una caja, pone a todos los demás en ella.” Los ojos de Richard/Rita se abultaban y su pecho se agitaba como si lo estuvieras asfixiando. Gritó de nuevo hasta que se desmayó. Las voces torturadas se elevaron en tono una última vez, luego se desvanecieron y desaparecieron. Richard/Rita estaba libre. Dios lo había reclamado.

Cuando Richard/Rita despertó, dijo: “Padre, no me he sentido tan descansado y ligero en diez años. Soy feliz por primera vez en mucho tiempo”. “Por favor, llámame Richard. Nací Richard. Moriré Richard.” Apartó la mirada, como si tratara de recordar algo. Luego miró a Gerald y le dijo, “Padre, me dijeron… o los escuché decir… no sé cuál. No hay mucho tiempo.” Gerald respondió: “Lo sé, Richard. Lo he sabido durante bastante tiempo. Está bien. Fue mi propia elección.” Seis meses después, el padre Gerald murió.

Richard pasó el resto de sus días en una situación lamentable. Ya no era hombre, y nunca había sido una mujer. Sin embargo, encontró valor en la vida. Durante varios años trabajó como consejero y terapeuta y luego se retiró en Europa. Falleció a los cincuenta y tantos años a finales de los años ochenta.

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