De los cinco casos en el libro El Rehén del Diablo, el más difícil de leer es el del Padre Virgen y el Arregla Chicas. Todos los casos revelan el daño y el dolor que proviene de la posesión, pero este es el más detallado en cuanto a lo grotesco, depravado, y cruel que es el espíritu maligno. El propósito de la posesión es degradar al individuo, despojándolo de toda verdad, amor, y esperanza, y conducirlo a la traición definitiva de su propio ser. Tal es la historia de Richard, un niño normal en todos los aspectos salvo uno: su deseo inquebrantable de ser mujer.

No hay una explicación clara de por qué surgió este deseo. La idea de que alguien pudiera cambiar su género biológico es un concepto moderno. En 1949, era impensable. En aquel entonces, la homosexualidad e incluso el travestismo se consideraban trastornos mentales. La primera operación de cambio de sexo, como se la llamaba entonces, no se realizó hasta 1951 y se consideró escandaloso y aberrante. Por lo tanto, lo que motivó la idea de Richard sigue siendo un misterio, a menos que lo veas desde el aspecto preternatural.
En todos los casos contados en El Rehén del Diablo, también se cuenta la historia del Padre exorcista. Es importante porque el espíritu maligno no sólo degrada al poseso, sino también lo intenta en contra de quien se atreve a rescatarlo. En El Padre Virgen y El Arregla Chicas, el sacerdote comete un grave error por el cual termina sufriendo daños físicos.
El propósito de este resumen es mostrar que, si bien las personas pueden creer que tienen absoluta autonomía sobre sus decisiones, a menudo no es así. Ya sea mediante influencia espiritual o, más comúnmente, manipulación humana, las personas pueden ser inducidas a creencias y comportamientos que de otro modo nunca habrían elegido.
Como es un tema bastante largo y pesado, se publicará en dos partes: de la niñez de Richard hasta su plena posesión, y luego de la posesión al exorcismo.
Padre Virgen y el Arregla Chicas
La familia de Richard fue una típica familia americana. Tenía dos hermanos mayores y tres hermanas menores. Su padre era judío y su madre luterana, pero ninguno de los dos era religioso. Para Richard y sus hermanos, su padre representaba el ideal tradicional de masculinidad. Por otro lado, su madre y sus hermanas encarnaban la imagen clásica de la feminidad. Exteriormente, nada en su comportamiento indicaba algo inusual. Sin embargo, en su interior, Richard sentía una sensación de inadecuación que lo llevaba a identificarse más con su madre y sus hermanas que con su padre y sus hermanos.
Al parecer, todo empezó un verano cuando Richard tenía nueve años y se alojaba en la granja de su tío. Una tarde, estaba tumbado bajo los árboles cerca de un estanque, simplemente relajándose. Al cabo de un rato, el viento que se movía entre las hojas empezó a sonar como voces. Aunque nunca pudo expresarlas con palabras, sintió que transmitían un mensaje, suavizándolo por dentro. Unos días después, camino al aeropuerto, Richard empezó a llorar. Sus tíos assumieron que era porque no quería irse. La verdadera razón fue que sintió que se endurecía de nuevo.
Richard participaba en las actividades normales de un adolescente. Practicaba deportes, le iba bien en la escuela y tenía buena conducta. Nada en él sugería algo fuera de lo común, pero en su interior albergaba una ideología inexplicable. A los dieciséis años, llegó a creer que, si permitía que el misterio de la feminidad aflorara en su interior, eso compensaría su inadecuación masculina. Entonces, a partir de sus dieciséis años, decidió pensar y sentir de forma androgina.
Para él, todos podían ser hombre o mujer, pues todos poseían una mezcla de ambos. Fue la cultura y la sociedad las que los obligaron a elegir; o como lo llaman hoy, una construcción social. De manera que, sólo era posible alcanzar la plenitud unificando lo masculino y lo femenino en su interior. Pero esta supuesta unificación tuvo dos efectos: lo dejó sin ninguna conexión real con los demás, ya fueran hombres o mujeres, y, en el fondo, lo llenó de vergüenza.
A los diecisiete años, fue con sus compañeros de clase a un campamento donde un guardabosques les enseñaría técnicas de supervivencia. Para uno de los desafíos, a cada uno de los chicos les tocaba pasar la noche solo, separado del grupo. Cuando le llegó su turno, la reacción inicial de Richard fue de miedo. Puso el silbato que le dejaron entre sus labios, pero casi al instante empezó a oír voces en los árboles. Las voces, que se parecían mucho a su propia voz, dijeron: “He cedido a mi entrenamiento”.
Sintió una presencia misteriosa en su interior, que lo suavizaba y abriéndolo. A esto, Richard dijo, “He cedido a mi entrenamiento”. Luego, “No te conozco, pero quiero estar en ese misterio. No quiero la dureza ni la fuerza de un hombre. Quiero tu plenitud.” Algo aún más poderoso lo llevó a decir: “Quiero ser una mujer, un hombre-mujer.” Todo lo que sintió esa noche le decía que, algún día, lo sería. A la mañana siguiente, el guardabosques notó una mirada borrosa y velada en los ojos de Richard. Cuando le preguntó si se encontraba bien, la mirada de Richard se tornó indescifrable, ocultando lo que había sucedido la noche anterior.
Pasaron la última noche en casa del guardabosques, donde conocieron a su hija, Moira. Richard no podía dejar de mirarla. Los otros chicos asumieron que se sentía muy atraída por la muchacha, cuando en realidad lo que quería era ser ella. El siguiente día, Richard tuvo la oportunidad de hablar a solas con Moira mientras ella preparaba el desayuno. Mientras la ayudaba, le confesó su deseo de ser como ella. Moira malinterpretó esto como una señal de que la comprendía e incluso compartía su sensibilidad, a su modo como hombre. Aun así, le dijo que debería hablar con alguien.
No fue hasta la universidad que Richard finalmente habló con su padre. Compartió sus creencias sobre la superioridad femenina y las apoyó con citas de libros populares de la época. Era principios de la década de 1960, un período marcado por un creciente clima de feminismo y libertad sexual. Confundido, su padre lo llevó a ver a un rabino, quien encontró sensato el razonamiento de Richard. El rabino le explicó que el hombre y la mujer eran mitades iguales de una misma entidad, pero que las mujeres se parecían más a Dios porque poseían un útero de creación. Para Richard, esto fue estimulante, pero dejó a su padre más confundido que nunca.
A los veintiún años, Richard era el único de sus hermanos que aún vivía con sus padres. Fue entonces cuando decidió vivir de forma andrógina. Empezó a vestirse tanto con ropa de hombre como de mujer, aunque con más frecuencia con ropa femenina. Dependía de cómo percibía su sexualidad día a día. Soñaba con que todos lo reconocerían como “mujer y hombre” y lo admirarían por ello. Al mismo tiempo, desarrolló un deseo peculiar: que una mujer que se pareciera a él, una Richard femenina, se sintiera atraída por él como hombre. En su mente, todo esto ocurriría en una casa rodeada de árboles cerca de un cuerpo de agua.
Cuando finalmente encontró la casa de sus sueños, le escribió a Moira pidiéndole matrimonio. A lo largo de los años, su relación a distancia se había mantenido principalmente a base de cartas y visitas ocasionales. Lo suyo no era una relación físicamente intima. Incluso cuando estaban juntos, su intimidad nunca iba más allá de besos apasionados. Antes de casarse, acordaron pasar su luna de miel en la Casa del Lago, como la llamaba Richard. Ya llevaba varios meses viviendo allí, escuchando las voces.
En su noche de bodas, ambos yacían sobre la cama, pero Richard se tomó un momento para escuchar el viento que pasaba por los árboles. Luego se volvió hacia su esposa y le dijo: “Cariño, la Casa del Lago está llena de ellos, y yo soy todo yo”. Emocionada, la recién casada tenía los ojos cerrados. Con voz ronca, Richard le pidió que lo mirara. Cuando Moira abrió los ojos, se horrorizó. El rostro de Richard estaba sin expresión. Sus ojos estaban vidriosos, abiertos, sin pestañear y sin profundidad. Moira le dijo que no la estaba mirando. Presa del pánico, le rogó que la mirara.
Lo única que Richard miraba era su yo femenino, lo cual lo llenaba de odio, aversión y asco por sí mismo. Su propia imaginación lo petrificaba, pero era incapaz de detenerse. Su deseo por el Richard femenino era demasiado intenso, y eso solo acentuaba su autodesprecio. No había amor ni placer en el acto. Era una invasión agresiva, una búsqueda desesperada del misterio femenino que tanto deseaba encontrar. Entonces escuchó una voz que le dijo, “Déjame tomarte, con todo y tu secreto, con todo tu misterio, Richard”.
Moira gritó de dolor y terror, asfixiada bajo el peso de su cuerpo. De repente, Richard saltó de la cama y se fue al rincón más alejado de la habitación. De espaldas a ella, Moira pudo ver los arañazos sangrientos que sus uñas le habían dejado en su espalda. Aterrada, se levantó de un brinco, agarró su abrigo y las llaves del coche y huyó de la casa. Richard corrió tras ella, rogándole que volviera, pero ella ni siquiera volteó hacia atrás. Se fue al hotel donde se alojaban sus padres y nunca regresó. Después de tan solo unas horas, el matrimonio había terminado.
Durante las dos semanas siguientes, Richard rechazó todo contacto con su familia. Se aisló en la Casa del Lago hasta el día en que tuvo que volver al trabajo. Después, pasaba todo su tiempo libre solo, encerrado en el silencio de la casa. Por las noches, escuchaba los mensajes del viento. Su antigua idea de la androginia se desvaneció, pero no su fascinación por el misterio de la feminidad. Empezó a sentir que algo nuevo se había arraigado en su interior: una presencia invisible, un cohabitante al que no podía nombrar, pero que lo controlaba.
De vez en cuando, tenía relaciones con mujeres que eran sus compañeras de trabajo o sus clientas, pero ninguna de ellas quiso volver a verlo una segunda vez. Mayormente, recurría a prostitutas, aunque incluso ellas lo encontraban bizarro. La única mujer que llevó a la Casa del Lago también huyó despavorida, igual que Moira en su noche de bodas. Con el tiempo, Richard se dio cuenta de que en realidad no lo impulsaba el deseo sexual hacia las mujeres, sino la curiosidad y los celos por su feminidad.
La vieja idea de Richard sobre la androginia finalmente se desvaneció. Había perdido todo sentido de identidad, dejándolo desconectado tanto de sí mismo como de los demás. Era poco más que un vacío en forma humana. No era una mujer, pero tampoco un hombre auténtico. Había cedido el control de sí mismo y vivía solo por impulsos, un impulso que lo llevó a cometer un acto terrible, uno que, incluso años después, lo llenaba de una profunda pena.
En un viaje de trabajo a otra ciudad, Richard iba caminando de regreso a su hotel cuando escuchó gemidos que venían de unos arbustos. Lo que encontró fue a una joven mujer negra que había sido violada, apuñalada y dejada por muerta. Fascinado, sintió un deseo irresistible de tener relaciones sexuales con ella. Él vio cuando la luz dejó sus ojos y sintió su último suspiro debajo de él. Cuando terminó, estaba eufórico y escuchó el viento decir, “Serás una mujer.” Tener sexo con la chica moribunda fue para él como una revelación. Ya no tenía que decidir; la decisión se había tomado por él.
En 1970, Richard fue a ver a un cirujano para una operación de cambio de sexo. El médico le aseguró que en un año y medio, sería la mujer que siempre había soñado ser. Se sometió a pruebas psicológicas, todas las cuales lo declararon en óptimas condiciones mentales. Luego empezó con los tratamientos médicos para prepararlo para la cirugía. Después de la operación, Richard estaba extasiado. Por fin se había liberado de sus deficiencias masculinas. Por fin era una mujer. Por fin, era Rita.
Como hombre, Richard nunca había estado con otros hombres. Como Rita, sin embargo, era indiscriminado. La edad y la apariencia de los hombres con los que tenía relaciones no le importaban. Todo lo que Richard/Rita quería era ser deseado y visto como un misterio. Pero ni siquiera viviendo como mujer lograba encontrar verdadera satisfacción en esos encuentros sexuales. Nunca le dejaron una sensación de calidez o conexión después, lo que lo llenó de amargura y rabia.
No cabe duda de que Richard/Rita estaba poseído. Aunque sabía que algo en su interior lo guiaba, no parece tener la menor idea de que fuera demoníaco. Así como las personas con esquizofrenia nunca cuestionan sus alucinaciones, Richard nunca cuestionó por qué oía voces en los árboles. Tampoco cuestionó el origen de su deseo de ser mujer, ni el vacío que le sobrevino incluso después de lograrlo. Incluso después de alcanzar su sueño, se sentía insatisfecho, infeliz e insatisfecho. Su vida no había mejorado. De hecho, estaba a punto de empeorar.
Richard/Rita finalmente encontró un amigo comprensivo en Paul, un exministro convertido en banquero millonario. Se sintió lo suficientemente cómodo como para confesarle el vacío que sentía después del sexo. Paul le aseguró que sí había una solución. Lo que necesitaba era consumar un matrimonio cuidadosamente arreglado con la pareja adecuada y en las circunstancias adecuadas. Richard/Rita no tardó mucho en descubrir exactamente a qué se refería su amigo.
Paul invitó a Richard/Rita a una cena nocturna en una mansión. Había unos 120 invitados. Algunos bailaron en la sala, mientras que otros se sentaron alrededor de la piscina. Richard/Rita pasó la noche riendo y charlando con sus compañeros de mesa. A las 12:45, la música se detuvo. Solo quedaban 40 invitados. En silencio, se dividieron en dos grupos de veinte y se pusieron de frente a cada lado de la piscina. Detrás de ellos, colgaban unas cortinas de terciopelo rojo. Richard/Rita notó que el anfitrión hizo una señal a dos camareros quienes de inmediato abrieron lentamente las cortinas.
Detrás de cada cortina había un altar bajito. Arriba de cada altar colgaba un triángulo invertido con un crucifijo invertido en el centro. Desde el interior de la casa se empezó a escuchar una música de órgano, grave y monótona, acompañada de un aroma de incienso. De repente, los invitados comenzaron a desvestirse. Richard/Rita empezó a hacer lo mismo, pero Paul le dijo que esperara. Entonces, el grupo más cercano lo rodeó, y todos ayudaron a quitarle la ropa lentamente. Entonces, un joven, de casi treinta años, se presentó diciendo: “Rita, soy el Padre Samson, ministro voluntario de nuestro Señor Satanás. ¡Ven! ¡Adoremos!”.
Solo entonces empezó a comprender lo que estaba pasando. El grupo caminó en solemne procesión alrededor de la piscina hacía uno de los altares, y Richard/Rita los siguió de manera voluntaria. El grupo lo levantaron y lo colocaron sobre el altar. El padre Samson apareció con un cáliz. Alguien le entregó un paño, que él colocó sobre los genitales de Richard/Rita, y luego colocó el cáliz sobre el paño. Tres voces comenzaron a cantar las primeras palabras de la misa Católica en latín, añadiendo: “y nuestro amo Satanás”.
El grupo se reunió en dos círculos concéntricos alrededor de Richard/Rita mientras el padre Samson leía un libro negro. El círculo exterior estaba compuesto por mujeres, el interior por hombres. Cada mujer colocó sus manos en las caderas de los hombres, mientras que estos colocaron una mano sobre el cuerpo de Richard/Rita. Una mujer le pinchó una vena del brazo, dejando caer gotas de sangre en el cáliz que se había llenado con vino. Entonces, el padre Samson pronunció las palabras de la consagración. Lo que siguió fue la degradación sexual que forma una parte esencial de toda misa negra.
El Padre Samson acercó el cáliz a los labios de Richard/Rita para que pudiera beber, y también bebieron todos los presentes. Entonces, simultáneamente, las veinte parejas tuvieron relaciones sexuales mientras, al igual que el Padre Sansón con Richard/Rita, mientras cantaban el nombre de Satanás. Richard/Rita finalmente comprendió lo que estaba pasando, pero no tuvo miedo. Al contrario, se sintió eufórico. Él también comenzó a cantar, pero una voz áspera lo interrumpió, repitiendo mentalmente “Arregla-chicas”, hasta que Richard/Rita terminó pidiéndole al Arregla-chicas, y a Satanás, que lo llenaran.
Más tarde recordaría que fue entonces cuando se dio cuenta de que una sombra poseía sus pensamientos, recuerdos, imaginación, deseos y palabras. Al terminar, Paul, que no había estado presente, regresó y ayudó a Richard/Rita a vestirse. Lo acompañó hasta una limosina donde un chófer lo esperaba. Antes de cerrar la puerta, Paul le dijo: “Ahora perteneces, Rita. Sírvele bien.”